Más felices, pero no tan santos

       

Las personas que oran todos los días y asisten a la iglesia cada semana son en general más felices que el resto de la población, según revela un estudio.

 

El estudio, llevado a cabo por el Pew Research Center (Centro de Investigaciones Pew), se realizó entre julio y septiembre de 2015 y sus conclusiones fueron publicadas el pasado 12 de abril (puede leerlo en inglés aquí ). En general, el estudio busca determinar cómo la religión influencia el diario vivir de los estadounidenses. Para ello, el estudio consideró la vida de las personas altamente religiosas en comparación con el resto de la población. El estudio define personas “altamente religiosas” como aquellas personas que oran diariamente y asisten a un servicio religioso semanalmente, sin distinguir entre religiones. Pero sin duda los creyentes cristianos son una parte significativa de la muestra estudiada.

 

         El estudio encontró que las personas que son altamente religiosos están más comprometidos con sus familias extendidas, tienen más probabilidades de ofrecerse como voluntarios, participan más activamente en sus comunidades y en general se sienten más contentos con la forma en que van las cosas en sus vidas. En líneas generales, estos hallazgos también se encuentran en armonía con estudios previos realizados en Estados Unidos y en el Reino Unido.[1] Por otro lado, existe un consenso cada vez más sólido sobre los aspectos beneficiosos de la religión tanto para las personas individualmente como para la vida colectiva. Ese consenso comprende desde la filosofía (por ejemplo, Richard Rorty, en sus últimos años) hasta la psicología (ejemplo, Albert Ellis, también en sus últimos años).

 

         Pero el estudio también señala las cosas en que las personas altamente religiosas no difieren del común de la gente. En síntesis, dice el informe:

 

Sin embargo, en otras áreas de la vida del día a día - incluyendo las relaciones interpersonales, la atención a la salud y a la condición física, y a la conciencia social y ambiental – la encuesta del Centro de Investigaciones Pew encuentra que las personas que oran todos los días y asisten regularmente a los servicios religiosos parecen ser muy similares a los que no son tan religiosos.

 

Por ejemplo, las personas muy religiosas son tan propensas como cualquier otro estadounidense a confesar que perdieron los estribos recientemente, y solamente son marginalmente menos propensos a admitir que dijeron una mentira blanca en la última semana.[2]

 

          Nótese que los ejemplos del segundo párrafo se relacionan con el carácter y la moral. Esto sugiere que la religión no se está reflejando como debiera en la conducta de los creyentes y ello a través de todo el espectro religioso norteamericano. Eso incluye a los cristianos que profesan haber nacido de nuevo y tener a Jesucristo como Señor. Si esta deducción es correcta, el cristianismo norteamericano -y probablemente el evangelicalismo en otros países- vive un distanciamiento entre la fe y la práctica. Se puede decir que “dicen, pero no hacen” (Mateo 23:3). Eso debe remediarse.

 

          Alister E. McGrath en su libro Espiritualidad Cristiana expresa que podemos pensar en el cristianismo como teniendo tres elementos. El cristianismo es (1) un conjunto de creencias o como se dice ahora, un sistema de creencias; (2) un conjunto de valores, o sea, una moral o ética y (3) una forma de vida, una manera de vivir.[3] Esos son tres aspectos de la misma cosa. No son separables.

 

          Si cualquiera de esos tres componentes se separa o no se le da importancia el resultado será un cristianismo trunco, una espiritualidad enferma y la gracia barata de que advertía Dietrich Bonhoeffer:

 

La gracia barata es la predicación del perdón sin arrepentimiento, el bautismo sin la disciplina eclesiástica, la comunión sin confesión de los pecados, la absolución sin confesión personal. La gracia barata es la gracia sin seguimiento de Cristo, la gracia sin la cruz, la gracia sin Jesucristo, vivo y encarnado.[4]

 

          El vivir nuestras creencias y valores es verdaderamente lo que nos hace cristianos pues al fin del camino, “así como el cuerpo sin espíritu está muerto, también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:26). Por lo tanto, hoy día hay que enfatizar enérgicamente en nuestras comunidades de fe la exhortación de la Epístola a los Hebreos, “seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14).

 

 

__________________________

 

 

 

[1] Entre otros puede ver, en Estados Unidos, el del The Austin Institute for the Study of Family and Culture del 2014 aquí ; en el Reino Unido en el 2015 el de la Oficina Nacional de Estadísticas (Office for National Statistics, ONS), “How Does Personal Well-being Vary by Sex, Disability, Ethnicity and Religion?”, aquí .

   

[2] “Religion in Everyday Life”, Pew Research Center, Washington, D.C. (April 12, 2016), 5.  

 

[3] Alister E. McGrath, Christian Spirituality (Malden, Mass: Blackwell Publishers, 1999), 3.

 

[4] Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia (Salamanca: Ediciones Sígueme, 2004), 16.

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