La bendición de delegar

Hace poco nos enteramos que algunas personas entienden que “delegar” es mandar, darle instrucciones a otra persona sobre lo que debe hacer o no y cuándo y cómo. Pero ese es un gran error. Actuar de capataz no es delegar. Y este es un error muy serio. Tiene serias consecuencias. Sobre todo en la iglesia.

 

De acuerdo a la Real Academia Española de la Lengua delegar es “dar la jurisdicción que tiene por su dignidad u oficio a otra, para que haga sus veces o para conferirle su representación”. Esto significa que la persona a la que se le delega una función es más un representante que un jornalero. La persona que recibe una verdadera delegación posee discreción. Supongamos que se avecina la navidad y se desea hacer una actividad evangelística aprovechando las temáticas de la época. Un líder tiene dos opciones fundamentales. El líder puede organizar la actividad por medio de ayudantes y subalternos que ejecuten sus direcciones. O, en la alternativa, el líder puede delegar la creación y ejecución de la actividad a una o más personas. La diferencia consiste en que en esta segunda opción el líder se abstiene enteramente de tomar decisiones relacionadas con la actividad. En su lugar, si el líder necesita tomar una decisión tangente con la actividad, la consultará primero y de buena fe con la persona o personas que poseen la delegación. Si no lo hace, no ha delegado. Más aún, si dijo que estaba delegando y luego toma decisiones que se relacionan con la actividad o facultad delegada desmoralizará a quienes recibieron la delegación y estas ya no se sentirán responsables por la actividad. Con su intromisión el líder les retiró la delegación y ellos pueden entender que les quitaron la confianza o los engañaron para convertirlos en peones sin paga.    

 

Delegar es esencial para el crecimiento de la iglesia. De hecho la función y atribuciones de la iglesia cristiana en el mundo pueden visualizarse como responsabilidades delegadas. ¿Qué mayor delegación que la Gran Comisión? Mateo 28:18-20. Pero delegar entraña riesgos.

 

Muchas veces quienes reciben las funciones delegadas no tienen experiencia o no tienen la suficiente. Cometerán errores. Pero ese es el medio que les permite desarrollarse adquiriendo destrezas y experiencias. Una instancia común son los jóvenes. En las iglesias es común que se haga exactamente lo opuesto de lo que aconseja Pablo y se les subestime. 1 Timoteo 4:12. Existe temor a delegar responsabilidad en los jóvenes. Pero la verdad es que no debe confundirse la madurez con la capacidad de servir al Señor. En el mundo real, los riesgos y errores inherentes al delegar se minimizan manteniendo una buena comunicación, pero no anulando la jurisdicción delegada o evitándola.

 

Ahora bien, pero puede ocurrir lo contrario: que quienes reciben las funciones por delegación se encuentran más capacitados que quien delega para cumplir los objetivos buscados. En estos casos el riesgo de errores proviene de la intervención impropia del líder. Es entonces cuando se da la paradoja de que es el líder el que no crece al no aprender del consejo más capaz. Y es la obra de Dios la que resulta afectada por no contar con los mejores recursos.

 

Pero si algo es indisputable en esta materia es que sin delegación las comunidades de fe no progresan ni sobreviven; sin delegación se pierde progresivamente la vitalidad inicial y al final la congregación o desaparece o subsiste sin corazón. Esto se debe a que la delegación de responsabilidades dentro de la iglesia tiene varios frutos bien importantes. Primero, el delegar permite un continuo fluir de sangre nueva en las arterias de la iglesia. Eso significa nuevas ideas, nuevos planes, nuevas perspectivas y nuevos bríos. Segundo, el delegar permite a quienes gobiernan la iglesia dedicarse a cuestiones propias de alta gerencia (relativamente hablando) que invariablemente se relacionan directamente con el crecimiento y expansión del grupo. Dicho de otra manera, delegar permite al pastor o pastora dedicarle más tiempo y energía a las funciones propias de la pastoral. En tercer lugar, pero no por ello menos importante, la delegación de responsabilidades provee un taller para el adiestramiento de la futura generación de líderes. Bueno es que los creyentes aprendan a servir al Señor desde su más temprana juventud. Lamentaciones 3:27; Eclesiastés 12:1.

 

El delegar tiene sus problemas, conlleva riesgos, puede que aumente nuestras preocupaciones en vez de aminorarlas. Pero da fruto. Quien sabe delegar “verá el fruto de la aflicción de su alma
y quedará satisfecho”. Isaías 53:11.

 

FG

 

 

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