Januca, Antíoco IV Epífanes y el Anticristo

20-Dec-2014

El martes 16 de diciembre de 2014 comenzó la festividad judía de Januca también conocida como “Fiesta de las Luces” y culminará el próximo miércoles 24 de diciembre de 2014. Januca significa “dedicación”, y es por ello que a la celebración también se le llama “Fiesta de la Dedicación”. Este es el nombre con que el Evangelio de Juan habla de ella. Juan 10:22. Sin embargo, Januca no es una fiesta bíblica, es decir, no figura entre las fiestas que la ley mosaica ordenaba guardar a los judíos (Levítico 23). Januca celebra un incidente que ocurrió después de la historia de las Crónicas y de los tiempos de Esdras y Nehemías, pero prevista en Daniel. La historia de esta fiesta es como sigue:

 

En el siglo IV antes de Cristo un joven llamado Alejandro Magno conquistó toda la cuenca oriental del Mar Mediterráneo. Esa región incluye hoy día a países como Grecia, Turquía, Afganistán, Irak, Egipto, Israel, Siria y otros. Alejandro murió en el año 323 antes de Cristo. Su imperio se repartió entre sus generales y estos a su vez formaron dinastías. Egipto fue gobernado por la dinastía de los ptolomeos (de la que Cleopatra fue parte) y Siria por la de los seleúcidas.

 

Alejandro era de Macedonia, pero a su imperio se le denomina Imperio Griego pues la cultura y civilización griega dominaron la vida en su Imperio. En griego Grecia es “Helas”, por eso a la época de la historia durante la cual el Imperio Griego y sus reinos sucesores dominaron esa parte del Mediterráneo se llama periodo helénico o helenismo. También se le llama helenismo a la cultura que se desarrolló en ese tiempo.

 

Durante el helenismo Israel estuvo al principio dominado por la dinastía de los ptolomeos de Egipto, pero luego Antíoco III de Siria (Antíoco el Grande) arrebató a Israel de la mano de los ptolomeos. Hoy día diríamos que Israel pasó de ser colonia egipcia a ser colonia siria. Curiosamente Antíoco III fue mejor rey para Israel que lo que fueron los ptolomeos pues le dio a Israel mayor libertad de culto y de autonomía fiscal.

 

Sin embargo, tiempo después, Antíoco III fue derrotado por Roma, que para ese entonces ya era la potencia militar más temida del Mediterráneo. Para facilitar la asimilación, los romanos se llevaron al hijo menor de Antíoco III y lo educaron en Roma y Grecia.

 

El sucesor de Antíoco III fue su hijo Seleúco IV pero fue asesinado. Antíoco IV aprovechó la ocasión, derrotó al asesino usurpador y asumió el poder. Ya en el trono Antíoco IV se autodenominó Epífanes que significa “aparición”, queriendo decir que él era una manifestación de Dios. Pero sarcásticamente los judíos y otros contemporáneos le apodaron Epimanes, o sea, “el demente”. De esta forma, como Siria controlaba a Israel, Antíoco IV se convirtió en rey de Israel.

 

Para ese tiempo, la figura principal de gobierno en Jerusalén era el Sumo Sacerdote Onías, quien era leal a la ley y tradiciones judías. Pero su hermano Jasón fue donde Antíoco IV y le ofreció dinero a cambio de que lo designaran como Sumo Sacerdote y sacaran a su hermano, y así fue. Como Sumo Sacerdote, Jasón se dedicó a promover la cultura helénica y el paganismo con el propósito de obtener lucro y poder de sus señores sirios. Los libros de Macabeos nos cuentan sobre esta historia. Helmut Koester (History, Culture, and Religion of the Hellenistic Age. (Philadephia: Fortress Press, 1983), expresa dudas sobre la objetividad de estos libros y sugiere que contienen exageraciones, pero no ofrece información que apoye sus opiniones, por lo que a falta de prueba en contrario, confiaremos en el testimonio de esos libros. El autor de 2 Macabeos 4:10-15 (DHH) nos dice así de Jasón:

 

El rey [Antíoco IV]  le concedió lo que pedía, y desde que Jasón tomó posesión del cargo, fomentó entre sus compatriotas la manera griega de vivir. Renunció a los privilegios que bondadosamente los reyes habían concedido a los judíos por intercesión de Juan, el padre de Eupólemo. Este Eupólemo es el mismo que fue enviado a hacer un tratado de amistad y pacto con los romanos. Jasón suprimió además las costumbres conformes con la ley e introdujo otras contrarias a ella. Se apresuró a construir un gimnasio al pie de la ciudadela, e hizo que los jóvenes más sobresalientes se dedicaran a los ejercicios del gimnasio. La extremada maldad del impío y falso sumo sacerdote Jasón hizo que por todas partes se propagara la manera griega de vivir, y que aumentara el deseo de imitar lo extranjero. Así, los sacerdotes dejaron de mostrar interés por el servicio del altar, y ellos mismos, despreciando el templo y descuidando los sacrificios, en cuanto sonaba la señal se apresuraban a ayudar a los luchadores a entrenarse en los ejercicios prohibidos por la ley. Despreciaban por completo los honores de la propia patria, y estimaban en sumo grado las glorias de los griegos.

 

Fíjese que fueron los propios judíos (Onías y los suyos) quienes trataron de importar el helenismo y establecerlo en su tierra. Con el tiempo a Jasón le dieron su propia medicina. Un tal Menelao le ofreció más dinero a Antíoco IV por el sumo sacerdocio que Jasón y Antíoco se lo concedió.

 

Lo gravísimo de esta última transacción era que aunque Jasón era de familia sacerdotal, Menelao no lo era, de forma que su sacerdocio era una violación abierta y directa a la ley. Esto promovió la continuación de la lucha de poder que ya existía en Jerusalén, provocando revueltas, matanzas, asesinatos y  robos. En una de esas revueltas, dice el autor de 2 Macabeos, el rey Antíoco IV creyó equivocadamente que Judea se estaba sublevando y al regresar de una campaña contra Egipto invadió Jerusalén. Una vez en la ciudad  Antíoco IV profanó el Templo. Esto se narra en 1 Macabeos 1: 21-24 y 2 Macabeos 5: 15-17 (DHH) de esta manera:

 

Entró con arrogancia en el santuario y se apoderó del altar de oro, del candelabro con todos sus accesorios, de la mesa para los panes sagrados, de las copas, las tazas, los cucharones de oro, el velo y las coronas, y arrancó todo el enchapado de oro que adornaba la fachada del templo. Se apoderó también de la plata, el oro, los utensilios preciosos y los tesoros escondidos, los cuales logró encontrar. Con todas esas cosas se fue a su país. También mató a mucha gente y habló con grandísima insolencia.

 

                                 ***

 No contento con esto, el rey se atrevió a penetrar en el templo más sagrado de toda la tierra; y Menelao, traicionando las leyes y la patria, le sirvió de guía. Con sus manos impuras tomó el rey los vasos sagrados, y robó las cosas que otros reyes habían ofrecido para el engrandecimiento, la gloria y la dignidad del templo. Antíoco estaba lleno de orgullo y no entendía que, a causa de los pecados de los habitantes de Jerusalén, el Señor se había enojado por poco tiempo y parecía haberse olvidado del santuario. 

 

 

Pero ahí no acaba la historia, dos años después Antíoco IV envió a un emisario a Jerusalén, quien volvió a incendiar y saquear la ciudad y comenzó la implantación de la nueva política del rey. Nos cuenta I Macabeos 1: 41-64 (DHH):

 

El rey publicó entonces en todo su reino un decreto que ordenaba a todos formar un solo pueblo, abandonando cada uno sus costumbres propias. Todas las otras naciones obedecieron la orden del rey, y aun muchos israelitas aceptaron la religión del rey, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado. Por medio de mensajeros, el rey envió a Jerusalén y demás ciudades de Judea decretos que obligaban a seguir costumbres extrañas en el país y que prohibían ofrecer holocaustos, sacrificios y ofrendas en el santuario, que hacían profanar el sábado, las fiestas, el santuario y todo lo que era sagrado; que mandaban construir altares, templos y capillas para el culto idolátrico, así como sacrificar cerdos y otros animales impuros, dejar sin circuncidar a los niños y mancharse con toda clase de cosas impuras y profanas, olvidando la ley y cambiando todos los mandamientos. Aquel que no obedeciera las órdenes del rey, sería condenado a muerte.

 

Esta orden fue enviada por escrito a todo su reino; además, el rey nombró inspectores para todo el pueblo, y dio orden de que en cada una de las ciudades de Judea se ofrecieran sacrificios. Muchos judíos, traicionando la ley, acudieron a cumplir estas órdenes; con su perversa manera de proceder obligaron a los verdaderos israelitas a esconderse en toda clase de refugios. El día quince del mes de Quisleu del año ciento cuarenta y cinco, el rey cometió un horrible sacrilegio [abominación de desolación], pues construyó un altar pagano encima del altar de los holocaustos. Igualmente, se construyeron altares en las demás ciudades de Judea. En las puertas de las casas y en las calles se ofrecía incienso.  Destrozaron y quemaron los libros de la ley que encontraron, y si a alguien se le encontraba un libro de la alianza de Dios, o alguno simpatizaba con la ley, se le condenaba a muerte, según el decreto del rey. Así, usando de la fuerza, procedía esa gente mes tras mes contra los israelitas que encontraban en las diversas ciudades. El día veinticinco de cada mes se ofrecían sacrificios en el altar pagano que estaba sobre el altar de los holocaustos. De acuerdo con el decreto, a las mujeres que habían hecho circuncidar a sus hijos, las mataron con sus niños colgados del cuello, y mataron también a sus familiares y a los que habían hecho la circuncisión. Sin embargo, hubo muchos israelitas que tuvieron la fuerza y el valor para negarse a comer alimentos impuros. Prefirieron morir antes que profanarse comiendo tales alimentos y violar la alianza sagrada; y, en efecto, murieron. Fueron días de terribles calamidades para Israel.

 

Entre otras muchas abominaciones desde el punto de vista de la Ley de Moisés, Antíoco prohibió cumplir la Ley de Moisés, proscribió las costumbres de Israel, impidió los sacrificios y ofrendas de la ley  y levantó un altar pagano en el altar de sacrificios del templo. En su lugar instauró el culto pagano greco romano. Lo dicho hasta ahora nos permite entender lo escrito por Daniel en Daniel 11: 31, 36-39. En ese pasaje leemos proféticamente sobre Antíoco IV:

 

Sus soldados profanarán el templo y las fortificaciones, suspenderán el sacrificio diario y pondrán allí el horrible sacrilegio [abominación de desolación]...Será tal su orgullo que se creerá superior a todos los dioses, y dirá terribles ofensas contra el verdadero Dios; y todo le saldrá bien, hasta que Dios le envíe su castigo; porque lo que Dios ha de hacer, lo hará. Este rey no tomará en cuenta a los dioses de sus antepasados, ni a los dioses adorados por las mujeres, ni a ningún otro dios, porque se creerá superior a todos ellos. Sin embargo, adorará al dios de las fortalezas; honrará a este dios que sus antepasados no adoraron, y le ofrecerá oro, plata, piedras preciosas y objetos de gran valor. Para defender las fortificaciones usará gente que adora a un dios extranjero; y a todos los que adoren a este rey, él les hará grandes honores, los pondrá en puestos importantes y les dará tierras como recompensa. (DHH).

 

Los abusos de Antíoco IV provocaron que Israel se rebelara contra su tiranía. Pero no fue una rebelión como las otras. No se hicieron disturbios y actos públicos de violencia que podían ser fácilmente derrotados por las tropas del rey sirio. En su lugar, una familia tomo el liderazgo de la insurrección y optó por una lucha de guerrillas contra el poder sirio. Los rebeldes fueron llamados los macabeos, o sea, “los martilleros”). Al final, Antíoco IV murió e Israel logró vencer al llegar a un acuerdo con el nuevo gobierno sirio. Los judíos procedieron entonces a restaurar su lugar de culto. Se nos cuenta en 1 Macabeos 4: 52-56 (DHH):

 

El día veinticinco del noveno mes (es decir, el mes llamado Quisleu)…se levantaron muy temprano y ofrecieron, de acuerdo con la ley, un sacrificio sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían construido. En el aniversario del día en que los paganos habían profanado el altar, en ese mismo día, lo consagraron con cantos y música de cítaras, arpas y platillos. Todo el pueblo cayó de rodillas y se inclinó hasta el suelo para adorar a Dios y darle gracias por el éxito que les había concedido. Durante ocho días celebraron la consagración del altar y ofrecieron con alegría holocaustos y sacrificios de reconciliación y de acción de gracias. 

 

Esa es la celebración que hoy llamamos Januca. Durante ocho días se celebra la liberación de Israel de las garras de Antíoco IV y la purificación y dedicación del Templo. Eso ocurrió en el año 164 a.C. según nuestro calendario. En esta fiesta, entre otras cosas, se encienden velas o lámparas de aceite para recordar el milagro de Januca, por eso el apelativo de fiesta de las luces con el cual también se conoce. Este rito tiene cierta concordancia con el encendido de velas de adviento entre muchos cristianos. Si le interesa sentir algo del espíritu de esta celebración judía puede ver la película de Adam Sandler, Eight Crazy Nights (2002).

 

Para nosotros los cristianos premileniales, Antíoco IV Epífanes es el arquetipo del Anticristo. Alguien que se opone deliberadamente contra Dios y su verdad. Pero sobre todo, porque es él quien hace la abominación de desolación en el templo. Esta abominación se menciona en Daniel 9:27; 11:31; 12: 11; 1 Macabeos 1:54; 6:7. Y en el Nuevo Testamento en Mateo 24:15-16 y Marcos 13: 14. En Daniel es tanto un evento histórico (11:31) como un evento del porvenir (9:27 y 12:11), y en los evangelios se registra como un evento futuro. 

 

Por ello, en cierto sentido, para nosotros la fiesta judía de Januca prefigura la liberación que traerá consigo el Señor cuando el vuelva. De forma que los cristianos podemos decir que todavía queda un Januca para el pueblo de Dios. Pero esta vez las lámparas nunca se apagarán.

 

FG

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